La triste historia de una bruja

Posted on octubre 11, 2010

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Dentro de una cueva subterránea vive el destinetero, su trabajo consiste en observar las auras de los niños y de acuerdo a la forma de sus ojos, predice el destino de los futuros hombres. Sus decisiones son muy sabias y pocos son los que se atreven a contradecirlo.

Fue así como un día la señora Murrieta llevó a su hija Fausta a que le predijera el futuro. Era una costumbre que las madres hacían para no errar y saber desde un principio qué educación brindarles a sus hijos.

Iba también con ellas la vecina y su hija Melina, una niña rubia de ojos verdes. A Fausta no le importaba ser amiga de una niña tan bonita, pues tenía la creencia de que llegaría muy lejos con la medicina, que importa que no fuera muy agraciada, pues pensaba ser la mejor doctora que se ha conocido.

Su madre hizo la pregunta:

— Gran guía, ¿qué será de mi preciosa hija?

—Como Fausta sé que se llama sin que tú me lo digas—contestó sin titubear—, sé también que una bruja malvada en el futuro será.

¿Bruja? ¿Malvada? ¡No, no, se ha de haber equivocado!, pensó Fausta, tal vez confundió médico con bruja. Y ya iba a reclamar cuando la vecina también preguntó:

— Gran guía, ¿qué será de mi preciosa hija?

—Como Melina sé que se llama sin que tú me lo digas—contestó de nuevo el destinetero—, sé también que una hermosa hada en el futuro será.

Las dos madres salieron muy satisfechas con sus hijas, pues habían dado a luz a dos protagonistas de cuento de hadas. No es para menos, cualquiera cría médicos, arquitectos, profesores, dentistas, ¡qué va!… ¿Pero díganme cuántas hadas y brujas hay en el mundo? Era un suceso digno de celebrarse.

Cuando Fausta regresó de su escuela al otro día, vio sobre su cama una enorme caja de regalo con una nota que decía: “Para que nuestra inteligente hija cumpla su destino”. Abrió la caja y encontró para su decepción: dos calderitos, una mini escoba, una bola de cristal, una rana dentro de un frasco y un sombrerito coqueto que terminaba en pico.

Ella no entendía porque le regalaban esas cosas. No lo encontraba divertido, ¿se estarían burlando sus papás? Cómo no tenía intención de usar ninguno de estos objetos raros, terminó por abandonarlos debajo de su cama.

Salió al jardín para animarse un poco y vio frente a su casa que Melina jugaba feliz con una varita mágica que tenía en la punta una estrella dorada. Iba con intención de acercarse y preguntar si podía jugar con ella, cuando una abeja se puso a gimotear una cancioncilla molesta en su oído.

— ¿Te gusta mi abeja? —chilló con su vocecilla Melina— Tengo muchas, mira en el panal —levantó su varita y señaló la rama de un frondoso árbol donde colgaba un panal que ejecutaba toda una orquesta—. Las alimento con todas esas flores que ves allá. ¡Ah, y además tengo un pony! —terminó diciendo con una sonrisa abierta e irritante.

Melina llevaba puesto un vestidito corto azul cielo con volantes rosa pastel en las mangas, sin duda alguna lucía esplendorosa, lo suficiente como para molestar a una niña con una simple y estúpida túnica negra.

A partir de ese momento la amistad entre ellas cambió. La pequeña hada no dejaba de presumirle a Fausta sus artefactos mágicos y sus lindos vestidos, por lo que la brujita se volvió verde de envidia. Ella también quería lindos juguetes, bonitas mascotas y lindos vestidos.

— Hija, debes aceptar tu oficio con dignidad —le repetía su padre una y otra vez— el destino te puso en el camino de la brujería y así es como debe ser.

En la escuela Fausta sufría mucho por conseguir amigos, pues la rechazaban por tener la piel verde y una vestimenta anticuada; mientras que Melina tenía más amigos de lo que podía contar con los dedos de su mano, la seguían a todos lados y le pedían muchos consejos.

Y aunque siempre estaba sola, Fausta disfrutaba mucho la escuela,  aprender le daba nuevas esperanzas; sospechaba que el conocimiento sería su única herramienta para enfrentar al destino. El único problema era que ni en clases sus compañeros la dejaban tranquila, siempre que ella quería participar, se burlaban de ella y la insultaban diciéndole que era muy fea. El único refugio que tenía era el baño de la escuela, ahí todas las tardes le lloraba a su retrete favorito. A Melina en cambio se le hacían muy aburridas las clases, profesores parloteando a cada rato detalles que a nadie le importaba; pero por ser hermosa siempre la pasaban con diez.

Un día antes de la fiesta de graduación a la hadita le salieron unas hermosas alas violáceas que cautivaron a todos los que la miraban. A Fausta, sólo le salió una horripilante verruga en la nariz.

Desolada se refugió en las entrañas del bosque donde compró una cabaña muy sencilla alejada de la civilización. Ahí creó una basta biblioteca donde aprendió física y química. Como ninguna Universidad la aceptaban por miedo a supuestas maldiciones, y al no ver cumplido su sueño de ser doctora, se conformó con aprender por correo farmacéutica.

Bajo un laboratorio improvisado creó muchos medicamentos a los que ella llamó “Pócimas”. Las vendía a buen precio y se volvió famosa, a cada rato iban a verla para comprar una Pócima milagrosa, que si para el cutis, los reumas, la gripe, el insomnio, la alergia…

Melina tampoco ingresó a la Universidad, simplemente no le interesaba, ella era feliz chismeando con los animales del bosque y jugando a las escondidas con otras hadas y lindas criaturas. Aunque no todo era mil sobre hojuelas, también tenía un lado malévolo que la impulsaba a molestar a la bruja del bosque todas las mañanas mientras ella aún dormía. Le gritaba a su ventana: “Eres fea y te morirás fea. Nadie te quiere, si gustas puedes volverte más verde, pues nadie te va a hacer caso.”

Poco a poco Fausta se cansó de las burlas y decidió vengarse, aún cuando estaba segura de que Melina lo hacía de pura envidia. No había nadie tan sabia y poderosa como la mismísima “Bruja del bosque”.

Su ayudante, un jorobado amante del tap, pero que no podía bailar por culpa de su joroba, recibió órdenes de su jefa de robarse las alas de esa molesta hada, tan molesta como el zigzagueo de una mosca. Al menos ya no podría volar hasta su ventana y decirle esas cosas horrendas que escuchaba todas las mañanas.

Día con día llegaba el jorobado con alas de colores, pero ninguna pertenecía a Melina, Fausta lo sabía pues a la mañana siguiente escuchaba de nuevo: Eres fea y te morirás fea… y todos aquellos insultos que no es necesario repetir para que Fausta ya no se ofenda más. Para remediar ese problema de una vez por todas, la bruja le pidió a su ayudante el hada completa.

Y así, a las once de la noche, justo una hora antes de su cumpleaños, el jorobado entró a la casa con un costal en hombros. En el interior de la bolsa alguien gritaba y suplicaba piedad, y el corazón de Fausta bailaba de emoción al pensar que por fin arreglaría cuentas con su antigua rival. Corrió por una enorme jaula y ahí aventó el costal, luego cerró la puertecita y desde afuera con una vara abrió la bolsa y salió a toda velocidad una hermosa hada azul; pero no era Melina.

— ¿Por qué me has encerrado, malvada bruja? —preguntó asustada la hada azul— ¿qué mal te he hecho?

—Tú ninguno, por cierto —respondió Fausta— pero hay un hada que es más molesta que un calcetín húmedo dentro de un zapato. Estoy cansada de que me traten como a un ser despreciable. De cierto que yo no he elegido este camino y no es justo que aparte me lo echen en cara todos los días.

La hadita azul guardó silencio un rato y al final le expuso a la bruja una teoría sobre revelarse contra el destino.

—No entiendo porque tanto sufrimiento, si no quieres ser bruja pues no lo seas y ya. ¿Qué más da si un tal destinetero te dijo que lo serías? Tú tienes voz y puedes decir sin problema: No quiero, gracias, mi destino lo marco yo.

Por un momento la bruja quedó perpleja, nunca se imaginó que podría hacer tal cosa, era el consejo más atrevido que alguien le había dicho. De todas formas ya era demasiado tarde, había sido educada como bruja, y por lo tanto, bruja debía ser; más aún si creció, piensa y se comporta como tal. El hada azul aprovechó la confusión de Fausta y, para salir de aquel embrollo, le prometió que si la dejaba libre, ella le regalaría unas lindas alas.

—¿Y podré verme bella como una mariposa? —dijo la bruja con los ojos llorosos.

—Pues confórmate con verte como un murciélago —replicó el hada.

Decidida, Fausta abrió la puerta de la jaula y cerró los ojos. Imaginaba todo lo que podría hacer con unas alas nuevas, ya no necesitaría de escobas ni artefactos raros, podría ser libre como una libélula y volar a lugares nunca antes vistos… y tal vez, sólo tal vez… la gente podría verla como alguien diferente. Pero cuando sospechó que ya había pasado un tiempo y nada de nada, escuchó azotarse la puerta de la cabaña… Sí, el hada azul se había escapado…

Unas lágrimas se escaparon de la mejilla verde de Fausta. Siempre era lo mismo. No servía de nada soñar en tonterías. El jorobado la había estado observando y sintió tristeza de ver así a su jefa, ella que ponía empeño en ser mejor cada día, y más aún que era su cumpleaños.

Se retiró en silencio a la cocina y preparó té y pastelillos para ambos. Fausta, aunque agradecía el gesto de su ayudante, no tenía muchos ánimos de festejar. Sin embargo, una vocecita en su interior no dejaba de repetirle: Si el destinetero pudo decidir mi vida con sólo enunciar unas palabras como si fueran ciertas, tal vez yo también pueda hacerlo y decidir lo que haré el resto de mis días… Educarme a mí misma…

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