Una más que cae

Posted on octubre 14, 2010

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La pequeña Ana saborea un helado de fresa. Le ha puesto a su helado chispas de colores y jarabe de chocolate. No recuerda sus deberes en este momento. No recuerda por qué salió de casa con dinero en mano. Sólo disfruta de un riquísimo helado.

Frente a ella, en un aparador, hay unas lindas botitas. Son muy parecidas a las de esa modelo de aquella revista que tanto le gusta. Entra a la tienda y se las compra. No recuerda que ya tiene unas botas parecidas. No recuerda que había prometido ahorrar para salir a pasear en vacaciones.

Contenta con sus botas, observa a lo lejos un hermoso vestido de fiesta. El vestido es rosa con flores bordadas. Se dirige a comprar su vestido. No recuerda que no tiene ningún compromiso cerca donde lo pueda usar. No recuerda que ella detesta enseñar sus piernas.

Ana es feliz ahorita y no piensa en el mañana ni en las consecuencias. El helado pronto se acaba y la memoria comienza a llegar poco a poco. Siente un poco de ansiedad al recordar que vino a la plaza para pagar la luz; pero ya no le alcanza. No importa, aún tiene una semana para hacerlo.

Llega a su casa y saca muy emocionada sus botas nuevas. Las coloca junto a las que son parecidas. Un pequeño remordimiento le llega a la cabeza, piensa por un momento si debió haber comprado de otro estilo, o tal no debió haber comprado nada. Corre por su revista y busca a la dichosa modelo. No, no son parecidas a las que ella tiene. Debe comprar enseguida otras para reparar su error.

Mientras tanto, cuelga su vestido para luego usarlo en… o cuando…. No importa, algún evento llegará y ella estará preparada. Ya no tiene dinero, pero debe comprar las otras botas sino no podrá dormir tranquilamente.

La pequeña Ana corre con su mamá y le pide dinero prestado. La mamá duda porque ya le debe mucho. La angustia de la pequeña Ana le recorre por todo el cuerpo. Tiene náuseas y sudor excesivo.

Ana piensa y piensa qué debe hacer. Se sienta junto a la cama con las piernas abrazadas y se mece un poco para concentrarse. Al no llegarle ninguna idea prende de inmediato la computadora. Escribe botas y hace clic en “buscar”. Cientos de botas diferentes desfilan ante sus ojos, pero ninguna son como las que quiere. Ni modo, debe volver al aparador y verlas de nuevo, eso la consolará.

Ana regresa a la plaza y mira como perdida ese par de botas. Pronto ya no recuerda para que las quiere, ya no recuerda su anterior angustia. Se siente aliviada. Abre su bolsa y saca los últimos cincuenta pesos que tiene y se compra un helado. Un helado de vainilla que la ayude a olvidar.

Un vacío inmenso se presenta ante ella, su vida cuelga de los quince pesos de cambio. Tal vez deba quedarse en la plaza hasta que le toque su nueva mesada. Tal vez deba hacerse chiquita para no poder verse a sí misma, sin vacaciones, sin luz, sin eventos sociales, sin botas, sin otro helado correctivo.

Ana ya no entiende lo que le pasa. Todo se le hace confuso y muy complicado. En su mente se proyectan miles de imágenes consumistas, para todo necesita dinero: piensa. Hasta para quitarse ese estrés que le llegó de la nada.

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