El título que más convenga

Posted on octubre 15, 2010

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Todo empezó cuando Adalberto y Marta decidieron casarse por el civil en su pueblo natal. Un lugar muy apartado de la ciudad, y era tan pequeña la región que sólo había una delegación, un juez que se ocupaba de todos los casos y diez policías analfabetas bastante despistados. Por cada caso, era importante hacer reservación tres meses con anterioridad, como esto nunca pasaba, pues los ladrones, siempre tan descorteces, solían llegar justo a la mera hora, tenían que esperar en la antesala muchos meses antes de ser juzgados. Algunos de los casos sólo eran malos entendidos, ratos de ocio que los policías resolvían arrestando al primero que les cayera mal. Pero si realmente había causa, entonces resultaba que un ladrón o provocador permanecía más tiempo en la sala de espera que en el corralón, donde se les daba cinco horas a lo máximo, para darle espacio a los demás bribones.

Por suerte, Adalberto y Marta ya habían reservado y esperaban muy ansiosos a que el juez regresara de su descanso. Pocos minutos después llegó con su taza de café y una dona en la mano. Se presentó amablemente ante los novios y comenzó por interrogarlos un poco. El primer turno fue para el novio, a quien le preguntó su nombre, cuando el juez escuchó el nombre de Adalberto, éste quedó bastante intrigado:

–      ¡Hay hijo! ¿Cómo te explico que el nombre de Adalberto ya está muy usado y fuera de moda? –dijo el juez mientras sorbía su taza de café- ¿No te gustaría tener otro nombre? Déjame ver… -se acercó al novio y observó cuidadosamente su rostro- ¡Ya lo tengo! Tú tienes cara de José Emilio, sí ese te queda mejor.

El juez, emocionado, anotó en el registro el nuevo nombre. Los novios estaban bastante sorprendidos, pero José Emilio, antes Adalberto, tenía completa confianza en el juez, quien ya tomaba un posgrado en Derecho, y por lo mismo seguro que sabía lo que hacía. Luego preguntó la edad del novio, y al escuchar que tenía 42 años, el juez no cabía en sí mismo de lo asombrado que estaba:

–      ¡Hay hijo! ¿Cómo te explico? –replicó el juez- A estas alturas no está muy bien visto que un hombre tan grande se case por primera vez. Así que tú decides, ¿te anoto que es tu tercer matrimonio o te bajo la edad a 35?

El novio muy indeciso le preguntó a su novia, pero ella estaba tan enojada que ni una sola palabra pudo pronunciar, únicamente se conformaba con rechinar los dientes. Así que mejor dejó una decisión tan importante como esa al señor juez. Éste pensó que la mejor solución era bajarle la edad, de esta forma quedaría mejor ante la sociedad.

Posteriormente le llegó el turno a la novia. El juez le preguntó su nombre, ella con una pequeña exhalación pronunció el nombre de Marta. El juez al escucharlo casi se atraganta con un pedazo de dona, que en ese mismo momento estaba comiendo.

–      Hija, ¿cómo se te ocurre pronunciar un nombre así? –vociferó el juez- ¿Qué no estás viendo que José Emilio se resignó al cambio con tal de darte una mejor vida? ¡Y tú me vienes con un nombre que ni siquiera combina! –tomó un poco más de café y luego se limpió con una servilleta bordada- No, eso no está bien, de ahora en adelante tú te llamarás Ana Carmen, tiene un toque más de boda.

Marta, o mejor dicho, Ana Carmen, no entendía lo que estaba pasando, ese chiflado los estaba insultando y su novio no hacía nada para defenderlos. Toda una vida con un nombre para que de un momento a otro se lo cambien por uno más combinable.

Luego el juez le preguntó la edad a la novia, a lo que ella respondió que 30. El juez, que en ese momento tomaba café, dio un salpicón de café caliente a los novios.

–      ¿A qué estás jugando, mujer? –exclamó el juez mientras golpeaba con su puño el escritorio- ¿Qué no te da vergüenza admitir que te casaste casi al límite de la edad permitida? Nadie debe enterarse que ya estás muy vieja. Le pondré que tienes 20 años, aunque no los aparentes muy bien, y ahí de ti que me desmientas después.

Esto fue lo último que pudo soportar Ana Carmen. Estalló en llanto y comenzó a decirle improperios al juez. José Emilio trataba inútilmente de tranquilizarla, pero el juez ni reaccionó siquiera, sólo pidió un poco más de café a su secretaria. Se quedó pensativo un rato y después dijo:

–      Creo que pensándolo bien, ustedes dos no hacen una bonita pareja. José Emilio, yo creo que te iría mejor si te casas con alguien más, alguien como… -en ese momento llegó la secretaria con el café- ¡Claro! Como mi secretaria, ella va más contigo. Lo digo por el bien de los dos, claro.

–      Si usted así lo ve más conveniente –responde el novio.

Marta, quien de nuevo se llamaba así, lloraba sin parar y se lamentaba por haberse enamorado de un Adalberto, aventó su anillo y salió corriendo avergonzada a la salida. Laura, quien era la secretaria, llamada Julia Rosa en realidad, levantó la mirada al escucharse nombrar y una alegría que le venía de adentro le brotó por los ojos. Tan bueno que era el juez, pues no sólo le había compuesto una mejor personalidad, sino que ya hasta marido le había conseguido.

El juez satisfecho casó a José Emilio de 35 años con Laura de 22 años en sagrado matrimonio. Los felices novios festejaron esa noche con amigos cercanos, a quienes llamaron a última hora para darles la noticia. Pero Laura al verlos, pensó que tal vez no sería tan conveniente esa clase de amigos, así que le pidió a su marido que cambiara de amistades. José pensó que podría tener razón, así que lo hizo, claro, después de la fiesta, pues en ese momento sería difícil correrlos.

Terminando la fiesta, el nuevo esposo llevó a su mujer en brazos a su nuevo hogar. Se trataba de una bonita casa de dos pisos pintada de azul cielo, cuyas ventanas tenían los marcos pintados de verde limón. Era una casa alegre y acogedora, pero Laura pensó que tal vez no sería una buena casa para su nuevo estilo de vida, así que le pidió inmediatamente a su marido que cambiara de casa a una zona más bonita.

Pasaron algunos meses antes de que José pudiera conseguir más dinero y vender la antigua casa para comprar otra en la mejor zona del pueblo. Con el paso del tiempo se relacionaron con los mejores vecinos y la popularidad de los esposos comenzó a crecer. Procuraban hacer únicamente lo que les convenía y buscaban a toda costa la aprobación de la gente.

Laura dio a luz a dos hermosos niños, los amó y los cuidó delicadamente, sin perder un solo detalle. Mientras tanto José Emilio pasaba el día trabajando en una reconocida empresa. Era la familia perfecta, no puedo decir que se amaran, pero si procuraban darse los mejores arrumacos en público y a veces los falsos tórtolos practicaban los pasos de baile más difíciles para lucirlos en las fiestas.

Ella jamás se quejaba de su marido, pues no estaba bien que las vecinas se enteraran de sus problemas personales, porque eso daría de qué hablar, y no precisamente de forma positiva. Así que se quedaba con su dolor muy bien escondidito.

Los niños crecieron y se volvieron unos rebeldes adolecentes. Laura pensó que eso no estaba bien y decidió que lo mejor era cambiarlos por unos más educaditos. Así lo hizo y le dio muy buenos resultados, los nuevos hijos eran más guapos e intelectuales; no pasaba ni un día sin que ella recibiera halagos por la excelente crianza que había tenido con ellos.

Por otro lado, José Emilio se esforzaba mucho para ser aceptado en el club; pero había algo que no encajaba con el resto del grupo, él sospechaba que podrían ser sus orígenes o su nombre anterior el causante de ese distanciamiento, tal vez ellos ya lo sabían…

Laura lo notó y no le pareció correcto. Ese pequeño detalle podría echar a perder un estilo de vida que les había costado años construir. Así que pensó que lo mejor era cambiar de marido, y así lo hizo. Lo cambió por uno más joven y fuerte. Al nuevo esposo le cambió el nombre por el de José Emilio, no es que le gustara en demasía, pero pensó que de esa forma nadie se daría cuenta del cambio, y podría inventar algún tratamiento carísimo.

El antiguo José Emilio no protestó y salió de la casa sin rechistar, pues él pensaba que si no encajaba, no había nada que hacer, no encajaba y punto… ni modo… Amaba tanto a su familia y a la mujer que conoció en un festival de verano tres años antes de casarse, porque para él siempre fue la misma pero con distinto nombre y aspecto, que sería capaz de cualquier sacrificio.

Salió a la calle y camino sin rumbo por horas. No tenía a dónde ir y estaba bastante confundido, no sabía como debería llamarse de ahora en adelante ni qué edad tener, pues su identidad acababa de ser ocupada por otra persona.

Pensativo y melancólico descansó un momento en la banca de un parque. A su lado se encontraba una paloma que comía plácidamente migajas de pan. Ella notó la presencia del individuo, se acercó para conocerlo mejor y preguntarle su nombre.

–      ¿Qué nombre crees que me venga mejor, palomita? –preguntó el hombre un tanto desconsolado.

La paloma meditó por unos instantes y después le respondió:

–      Es mejor que no tengas ninguno, yo no tengo y soy muy feliz.

Pero esa respuesta no satisfacía al extraño sin personalidad, necesitaba un camino, una nueva vida, una identidad. Ella lo notó por sus gestos desesperados y le dijo:

–      Si quieres podemos ser amigos. Podrás ir a donde yo vaya y comer lo que yo coma… Sólo si eso te hace sentir mejor.

El hombre sin identidad no cabía de felicidad, se presentaba ante él otra oportunidad de poder ser alguien o algo para empezar de nuevo. Se tiró al suelo y se esmeró en imitar los movimientos de la paloma, al igual que ella, bajaba su cabeza al suelo para tratar de tomar las migajas con su boca, mientras cruzaba los brazos detrás de su espalda.

Una mujer llamada Marta pasó por el parque esa tarde y se horrorizó al ver al hombre-paloma comiendo del suelo sin meter las manos. Él levantó la vista y la reconoció, la misma novia de festival de verano.

El hombre-paloma se levantó y quiso hablarle, pero ella comenzó a gritar de miedo, le dio una patada y salió corriendo horrorizada: ¡Auxilio! ¡La sombra de hombre sin rostro me persigue!, decía una y otra vez.

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