Orden natural

Posted on noviembre 12, 2010

0


En el agua cristalina de un manso río se reflejaba el rostro triste de Valentina. Ella llevaba años tratando de hacer las cosas bien: era cumplida, trabajadora y no se rendía a la primera. Pero sin importar que esfuerzo hiciera, los resultados no siempre eran los que ella esperaba.

Un día, cansada de tanto equivocarse y empezar de nuevo, se dirigió hacia el río más cercano. Gabriel, un filósofo extravagante, le había dicho que para encontrar la respuesta a sus problemas tenía que estar en contacto con la naturaleza, sin prisas y a solas para poder meditar.

Valentina así lo hizo. No sabía exactamente lo que tenía que hacer ni como meditar, pero quería intentarlo. Pasó horas observando cada detalle que había a su alrededor, desde la punta de los árboles hasta el fondo del río.

De pronto notó algo muy importante: Todo estaba en su lugar y en su momento. Los árboles que necesitaban tierra, estaban plantados en la tierra. Los peces que necesitaban del agua para vivir, nadaban ligeros en el río. Las frutas maduras caían para que los animales herbívoros pudieran comerlas. Los animales carnívoros tenían garras y sus presas podían escapar fácilmente, de tal forma que los cazadores dosificaban su comida, y en cuanto se llenaban, unos pájaros enormes venían a acabarse el resto.

 

La naturaleza, libre de la presencia y las decisiones humanas, era perfecta y controlada. Nadie necesitaba ponerse de acuerdo, ni crear tratados, ni votaciones; cada elemento se acomodaba donde tenía que estar y lo mejor posible. Y fue así que viendo todo este proceso se le ocurrió algo, que tal vez existe un orden cósmico natural que acomoda cada cosa en su lugar y en su momento.

Cuando llegó a su casa, trató de relajarse y de seguir su instinto, si un conejo, un árbol y un pez podían hacerlo, ella también. De pronto sintió la necesidad de salir a la tienda a comprar papitas, ella sabía que la comida chatarra no le hacía bien a su cuerpo, pero sin preguntarse si era bueno o malo, le hizo caso a su corazonada.

Así fue como antes de llegar a la tienda se topó con un cartel que anunciaba una feria del libro. Algo dentro de su cabeza le decía que debía ir a la feria, compró sus papitas y se dirigió a la feria. En ese lugar había un puesto de libros. Estos estaban delicadamente encuadernados, y las palabras coherentes estaban impresas en hojas finas y decoradas con bellísimas ilustraciones.

Se entusiasmó tanto al ver los libros, que sin más, rompiendo su código de no hablar con extraños, se puso a platicar con el vendedor, quien resultó ser el editor de una editorial joven y prometedora. Al escucharla, su convencimiento fue tal, que de inmediato le propuso un puesto en su empresa. El cuál ella aceptó.

Desde ese día, supo que dentro de ella existía un pequeño universo, que al igual que el lugar donde estaba el río, tenía un orden y una armonía controlada, que sólo podía escuchar cuando estaba tranquila y relajada. Y como un simple conejo, se dejó acomodar en su sitio. Después de todo, ¿qué podía perder?

Anuncios
Posted in: Orden natural